Introducción
Cuando se habla de gobierno corporativo, la mayoría de empresarios suele pensar en compañías que cotizan en bolsa, multinacionales o grupos económicos con estructuras muy complejas. Sin embargo, la realidad es que cualquier empresa, incluso las pequeñas y medianas, necesita un modelo de gobierno que defina con claridad cómo se toman las decisiones, cuáles son los roles de la junta y de la gerencia, cómo se miden los resultados y qué mecanismos se usan para garantizar que todos los integrantes de la organización estén alineados hacia los mismos objetivos.
Un buen gobierno no es un asunto de moda ni un requisito para cumplir con la ley: es una herramienta práctica para que la compañía pueda crecer de forma ordenada, reducir riesgos, atraer capital, generar confianza y lograr que todas las áreas remen en la misma dirección. La falta de gobierno claro es, en muchas ocasiones, la causa silenciosa de problemas de rentabilidad, conflictos internos y estancamiento estratégico.
La realidad en Colombia
En Colombia, aunque ha habido avances en materia de gobierno corporativo, la situación dista de ser ideal. Los reportes del “Código País” de la Superintendencia Financiera muestran que las empresas que cotizan en el mercado de valores han ido incorporando algunas prácticas recomendadas, como la independencia en juntas, la existencia de políticas escritas y la divulgación de información a los accionistas. Sin embargo, estas mejoras se concentran en el grupo de compañías más grandes y más visibles.
Cuando miramos hacia las empresas medianas y pequeñas, que constituyen la mayoría del tejido empresarial del país, la adopción de estas prácticas es baja. La mayoría de organizaciones no cuenta con una junta formalmente constituida ni con manuales de gobierno. Las decisiones, en buena parte, se siguen tomando con base en la costumbre, en la cercanía de los socios o en la intuición de los gerentes, más que en un proceso estructurado.
Este rezago tiene consecuencias directas. Diversos estudios han demostrado que las compañías con mejores prácticas de gobierno no solo operan con mayor eficiencia, sino que también acceden a créditos en mejores condiciones. Los bancos e inversionistas confían más en empresas donde se sabe cómo se toman las decisiones, qué controles existen y qué mecanismos de transparencia se aplican. Una empresa que gobierna bien inspira credibilidad, y la credibilidad se traduce en menores costos financieros y en mayor facilidad para crecer.
En las empresas familiares, que representan un alto porcentaje en el país, el reto es aún más evidente. Muchas dependen de manera excesiva de los fundadores, lo que dificulta la delegación y la continuidad. Sin un sistema formal, la compañía queda atada al criterio de una o dos personas, y corre el riesgo de entrar en crisis cuando esas personas ya no están o no pueden participar con la misma intensidad.
Qué debería estar pasando en las empresas
Lo primero que debería ocurrir es que las juntas directivas funcionen realmente como espacios de dirección estratégica. Una junta no es un requisito formal ni un lugar para repasar cifras: es el espacio donde se define la ruta de la compañía, se aprueban las inversiones relevantes, se monitorea la gestión de la administración y se garantiza que las decisiones se tomen de manera coherente con los objetivos de largo plazo.
Además de la junta, debería existir una definición clara de roles y responsabilidades. El gerente y su equipo deben tener autonomía para tomar las decisiones operativas del día a día, mientras que la junta debe concentrarse en lo estratégico. Cuando no hay claridad, se generan choques, interferencias o vacíos de responsabilidad. Saber quién decide qué, y bajo qué criterios, es una condición indispensable para evitar la parálisis o la duplicidad de esfuerzos.
Otro elemento fundamental son las métricas. Una empresa que no mide está condenada a caminar a ciegas. Los indicadores deben incluir tanto aspectos financieros como operativos, desde márgenes y flujo de caja hasta cumplimiento de entregas y satisfacción de clientes. No se trata de llenar la organización de números, sino de acordar cuáles son los pocos indicadores clave que de verdad muestran cómo va el negocio.
Finalmente, es indispensable contar con políticas y manuales básicos que establezcan cómo deben tomarse las decisiones, cómo se gestionan los conflictos de interés, cómo se asegura la transparencia en la información y cuáles son las reglas de conducta para todos los involucrados. La cultura organizacional debe reforzar ese sistema, para que no se quede en el papel, sino que haga parte de la vida diaria de la empresa.
Espacios y comités como parte del modelo de gobierno
El gobierno corporativo no termina en la junta directiva. Para que funcione de manera práctica, las empresas necesitan espacios intermedios de análisis y coordinación que faciliten la ejecución de la estrategia.
Una alternativa frecuente, especialmente en empresas familiares o pequeñas, es la creación de una junta asesora. Esta no tiene carácter legal vinculante, pero cumple el papel de aportar visiones externas, acompañar a los socios en la profesionalización de la gestión y abrir la perspectiva de la compañía hacia nuevas prácticas.
Además, resulta clave contar con un comité directivo o gerencial, conformado por los líderes de las principales áreas de la empresa. Este comité permite revisar periódicamente la ejecución del plan estratégico, coordinar acciones transversales y tomar decisiones de corto y mediano plazo que no requieren llegar hasta la junta.
Dependiendo del tipo de negocio, pueden sumarse comités especializados. En una compañía que combina producción y comercialización, es recomendable establecer un comité comercial para revisar periódicamente el avance de ventas, márgenes y desempeño de clientes clave; un comité de operaciones y planeación que garantice la coherencia entre la capacidad de planta, los inventarios y la demanda; un comité financiero que analice flujo de caja, endeudamiento y resultados presupuestales; y un comité de marketing que evalúe las campañas, el posicionamiento de la marca y el retorno de las inversiones en publicidad. En algunos casos también es útil un comité de talento humano, enfocado en la cultura organizacional, la formación y la retención de colaboradores.
La clave es que estos espacios no se conviertan en reuniones interminables, sino en instancias de trabajo ágil, con información precisa y con decisiones claras que luego se reportan a la junta. De esa manera, se logra bajar la estrategia a la operación y se asegura que todas las áreas estén alineadas con el rumbo de la empresa.
Dolores comunes de no tener un sistema de gobierno
Las empresas que carecen de un modelo de gobierno sólido suelen enfrentar dolores recurrentes. Entre ellos se encuentran las decisiones incoherentes, donde cada área actúa según su propio criterio, sin alineación con una estrategia común. También es frecuente la falta de claridad en las responsabilidades, lo que genera conflictos internos y diluye la rendición de cuentas.
La ausencia de gobierno también alimenta la desconfianza, tanto entre socios y directivos como hacia los empleados. La falta de información clara y de métricas transparentes abre espacio a rumores, suposiciones y malentendidos. A esto se suma la demora en la ejecución de estrategias, ya que sin reglas claras para decidir, cualquier inversión o iniciativa puede quedar estancada en discusiones interminables.
Desde el punto de vista financiero, las empresas con gobierno débil suelen enfrentar mayores costos para conseguir recursos, porque no generan confianza en el mercado. Y en el largo plazo, especialmente en compañías familiares, la falta de un sistema claro pone en riesgo la continuidad, ya que la organización queda demasiado dependiente de las decisiones de una persona o de un grupo muy reducido.
Conclusión
El gobierno corporativo no es un lujo ni un requisito solo para empresas grandes. Es una necesidad estratégica para cualquier organización que busque ser sostenible, competitiva y rentable en el tiempo. En Colombia, el reto está en que las compañías medianas y familiares den el paso hacia una estructura de gobierno más formal, con juntas que funcionen de verdad, con comités que acompañen la gestión y con métricas que guíen las decisiones.
El futuro de una empresa no depende únicamente de cuánto venda o de qué tan eficiente sea su operación, sino de la calidad de las decisiones que tome y de la coherencia con que ejecute su estrategia. Para lograrlo, se necesita un buen sistema de gobierno. Solo así se asegura que todos, desde la junta hasta el operario de planta, estén alineados y empujando para el mismo lado.