Durante años hemos visto cómo muchas organizaciones con toda razón se sienten orgullosas de su historia. Se construyeron con esfuerzo, superaron crisis, marcaron una época y dejaron huella. Eso tiene un enorme valor. Pero hay una verdad que a veces cuesta aceptar: el desempeño pasado, por brillante que haya sido, no garantiza nada en el presente ni asegura permanencia en el futuro. Lo digo sin ánimo de crítica, sino como una observación que cada vez se hace más evidente.
La historia pesa… pero también puede estorbar
Un estudio del Boston Consulting Group de 2022 reveló que solo el 13% de las compañías Fortune 500 de 1955 seguían en la lista en 2019. ¿Qué pasó con el resto? Muchas de ellas no dejaron de ser grandes, simplemente dejaron de ser relevantes. El entorno cambió, pero su mentalidad no. Y cuando eso ocurre, el legado no basta.
Tener historia es importante. Es un activo que da confianza, pero no puede convertirse en excusa para no evolucionar. Cuando empezamos a justificar decisiones con frases como “siempre lo hemos hecho así” o “esto nos funcionó durante años”, nos exponemos a perder el ritmo del mercado… y eso es muy caro.
Hoy se gana, hoy se pierde
Peter Drucker decía que “el mayor peligro en tiempos de cambio no es el cambio en sí, sino actuar con la lógica del pasado”. Y es verdad. Lo que realmente sostiene a una organización hoy es su capacidad de adaptarse rápido, aprender más rápido todavía y ejecutar con foco.
Durante la pandemia quedó muy claro: no fueron las empresas más grandes las que mejor reaccionaron, sino las más ágiles. McKinsey lo documentó en su estudio sobre resiliencia empresarial. ¿El común denominador? Equipos que sabían actuar sin manual, líderes que escuchaban más que mandaban, y culturas que privilegiaban el aprendizaje sobre la jerarquía.
El futuro se construye, no se hereda
El éxito no es una renta vitalicia. Las empresas más admiradas hoy Apple, Amazon, Canva, por nombrar algunas— entienden que la única ventaja competitiva real es la capacidad de reinventarse constantemente. Desde la lógica del pensamiento emprendedor que promueve Babson College, el futuro no se planifica en un PowerPoint. Se construye actuando, aprendiendo, corrigiendo, y volviendo a actuar. Con lo que hay. Con quien está. Con foco.
Y esto también nos aplica a los líderes
Esta misma idea, por supuesto, aplica a quienes lideramos equipos o proyectos.
Tu historia profesional puede ser sólida. Tal vez tengas resultados, reconocimientos, incluso una reputación construida con años de trabajo. Y sí, todo eso suma. Pero el liderazgo igual que la relevancia empresarial no se sostiene en lo que fuiste, sino en lo que estás haciendo ahora.
Hoy más que nunca necesitamos líderes que no se definan por sus cargos, sino por su capacidad de adaptarse, de aprender, de preguntar y de evolucionar con el contexto. Satya Nadella, CEO de Microsoft, lo dijo: “El confort con el statu quo es el enemigo del crecimiento”. Una frase simple, pero poderosa.
Algunas preguntas que nos hacemos:
- ¿Estamos liderando desde la historia o desde visión?
- ¿Las decisiones responden al contexto actual o al reflejo de lo que funcionó antes?
- ¿Estamos aprendiendo tanto como espero que aprendan nuestros equipos?
- ¿La gente nos sigue por respeto… o por inspiración?
Reflexión
Honremos nuestra historia, pero no vivamos de ella.
El reconocimiento de ayer no garantiza el liderazgo de mañana, así funciona, el presente no espera y el futuro, tampoco.